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El surfista

Publicada el marzo 17, 2021marzo 17, 2021 por Pomelo

Si pudiéramos trazar una línea recta entre un surfista y lo más lejano a él, yo estaría donde termina la línea.

Tengo poco o nada en común con ellas y ellos aunque los admiro mucho, sin embargo, por circunstancias de la vida llegué a conocer a algunos y a su mundo, y en él encontré cosas muy familiares que me ayudarían a comprender y manejar mejor mi trastorno del ánimo en el futuro.

Viví algunos días en una casa de surfistas en un viaje por que quedé sin un alojamiento que habíamos reservado y luego conocí a otra persona que se dedicaba a esto en mi trabajo y compartimos un buen tiempo en el que aprendí aún más de este deporte.

Aunque no aprendí a surfear (pese a que lo intenté), al pasar varios días relacionándome tan de cerca con el mar (algo no muy cercano a mí en general) comencé a sentir una cierta familiaridad en las olas y su naturaleza oscilante, y como no, había una linda y potente analogía entre lo que yo estaba viviendo en ese momento, uno de los más complejos que recuerdo, y estos surfistas que subían y bajaban de las olas, sin embargo, había una diferencia clave: Yo me estrellaba constantemente contra el oleaje emocional en el que flotaba a la deriva mientras que ellos “surfeaban” las olas. 

De alguna manera el surfista comprende la superioridad del mar y el viento y en vez de gastar tiempo y energía intentando frenar el oleaje o hacerlo más fuerte (lo cual es imposible), ha aprendido a esperar pacientemente cuando las olas no llegan y a subirse y “correrlas” a toda velocidad cuando estas aparecen. Todo esto con un nivel de maestría que hace casi imposible que se caigan de sus tablas.

Me tomó muchos años comprender que un trastorno del ánimo, biológico al menos como el trastorno bipolar, es algo con lo que se vive para siempre y que, en vez de intentar negarlo o resistirlo se puede aprender a manejar; Se puede aprender a fluir a través de los polos, esquivar los extremos, evitar dolor a nuestros seres queridos y sobre todo mantenernos en control “sobre la tabla” sin importar lo tempestuoso de la fase de turno, euforia, tristeza, angustia, culpa, etc. Olas invisibles, grandes y pequeñas en todos los colores y sabores que uno pueda imaginar.

El surfista profesional obtiene su nivel mediante una practica rigurosa y lo más frecuente posible. Se levanta temprano si las olas salen a esas horas y esto muchas veces es a las 5 AM. Sale a perseguir las olas y no llega a la playa a cualquier hora a ver si estas llegan o no. Pero un punto clave en el arsenal del surfista es que condiciona toda su vida al deporte. Su musculatura es la adecuada para los movimientos que debe hacer, su alimentación es impecable (incluidos huevos crudos en la mañana a lo “Rocky”), también lo son sus hábitos de sueño. Contrario a lo que se pueda creer, el surfista profesional no frecuenta muchas fiestas ni es un gran consumidor de alcohol y drogas (tampoco son unos santos en algunos casos).

El surfista tiene una tabla única para él, muchas veces construida por el o ella para sus necesidades específicas. Con un peso, forma y longitud adecuada para su peso, estatura y necesidades.

¿Porqué el “surfista emocional” debería ser distinto?

Debemos adelantarnos a las olas, conocerlas y buscarlas, anticiparlas y prepararnos, tener una musculatura sicológica fuerte y adecuada, a la medida del problema, evitar las sustancias y mantener hábitos saludables de sueño y de vida; Esto último es crítico en personas con trastorno bipolar.

Cada uno tiene o debe tener su tabla, su conjunto de herramientas que lo ayudan a enfrentar estas olas, en este blog quiero compartir las que me han servido hasta hoy y las que siga descubriendo, no para entregar una receta sino para proveer ingredientes, pesos, longitudes y formas que otros puedan utilizar para crear sus propias fórmulas, sus propias tablas sobre las que puedan surfear, burlar a la tristeza e incluso a la muerte, reconocer el verdadero amor y la verdadera alegría y poder virar bruscamente y sin resbalar cuando se vean ante la sonrisa engañosa y satírica de la euforia. 

Es importante dejar en claro que no me refiero a casos en que por ejemplo la persona que padece de trastorno del ánimo deja sus medicamentos o fuerza etapas de euforia para aumentar su creatividad o rendir más, primero porque, según yo,  esto no ocurre en la practica y segundo (y siguiendo mi analogía), porque sería como subirse a una ola monstruosa con el único objetivo de morir aplastado.

Una vez pregunté porque nadie surfeaba en la noche y me quedaron mirando extrañados. Nadie sabía muy bien que contestar porque la pregunta parecía no tener sentido hasta que uno me contestó (más adelante recibiría la misma respuesta de mi compañero de trabajo): “Por que no queremos morir”.

Si el surfista sabe cuando parar ¿Porqué nosotros no?

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